¿Por qué es fundamental una reforma energética?

2013-05-23El Economista

Independientemente de cualquier afiliación partidista, podemos afirmar que una transformación en el sector energético nacional es imperativa para que México pueda retomar la senda del crecimiento económico. La situación actual es crítica por el deterioro en la infraestructura, producción de hidrocarburos y electricidad, provocando un alza en los precios que incide directamente en los consumidores y en la industria, sin hablar del daño ecológico.

De ser aprobada, una buena reforma energética deberá someter a la libre competencia y a estándares internacionales de eficiencia los procesos de producción y los servicios asociados.

Estados Unidos, con una industria mucho más competitiva y eficiente, logró disminuir 50% las importaciones de crudo en el periodo 2007-2010. La clave fue el desarrollo privado de tecnología, inversiones y la toma de riesgos que hizo accesible la explotación de yacimientos que anteriormente no eran rentables, principalmente de gas de esquisto a través de fracturación hidráulica y de crudo en aguas profundas, procesos que apoyaron una caída en los precios locales a niveles históricos. Esto ha propiciado una reindustrialización, a pesar de costos laborales relativamente elevados. México, en contraste, corre el riesgo de quedarse fuera de este auge industrial, a pesar de una mano de obra competitiva.

La estructura del mercado energético de EU ha sido totalmente retributiva. El crecimiento sostenido en la producción de hidrocarburos sustenta la reconfiguración de la industria nacional, migrando a tecnologías de producción alimentadas de gas natural y mejorando su competitividad, además del crecimiento de plantas de cogeneración para producir electricidad y ofrecer menores tarifas.

En contraste, en México, la realidad nos ha rebasado. Mientras continúan las caducas discusiones sobre la soberanía de los hidrocarburos en suelo nacional, que en realidad esconden la protección de los intereses de grupos buscadores de rentas, la industria mexicana registra escasez crónica de gas natural para procesos intensivos en energía.

La magnitud del desabasto de gas natural propició la entrada de 22 alertas durante el año en el suministro mínimo requerido por las plantas de cogeneración (51% de la electricidad producida por CFE) y sumó un déficit de 201.3 millones de pies cúbicos de gas (mmpc).

La actual estructura regulatoria propicia una distorsión adicional. Los monopolios estatales han sometido al país a los onerosos contratos pactados con empresas extranjeras para la compra de gas faltante. Recientemente, CFE anunció la compra de nueve cargamentos de gas natural (entre 100 y 120 mmpc), con un sobreprecio de 1.2 dólares por cada mil pies cúbicos respecto del nivel asiático de referencia, que ya incluye un premio de 14 dólares al precio de las importaciones directas de EU. Paradójicamente, no sólo la industria privada será abastecida, Pemex será también uno de los beneficiarios.

La consecuencia en el mediano plazo del presente marco regulatorio es una pérdida de competitividad, no obstante la calidad de la mano de obra nacional y los importantes recursos energéticos naturales que no hemos sabido aprovechar.

Una buena reforma energética deberá incrementar la oferta, ecología y variedad de los bienes energéticos, incentivar la toma de riesgos para la exploración y explotación de los recursos, fomentar la inversión y la adopción tecnológica, reducir los costos de producción y los subsidios que vulneran las finanzas públicas mientras disminuyen los precios finales que paga el consumidor y la industria y mientras se crean miles de empleos adicionales. También deberá abastecer las crecientes necesidades energéticas de una economía abierta, pujante e industrializada. Cualquier otra consideración es retórica.

Héctor O. Romero es director general de Signum Research y Julio César Martínez es analista bursátil senior de Signum Research.