Una propuesta de reforma energética

2013-08-08El Economista

En fechas recientes se ha puesto de moda proponer reformas a la industria energética, la razón es poderosa: más que una moda, el cambio es una necesidad absoluta para México, ya que el modelo actual está totalmente rebasado.

Como un ciudadano más comparto esta propuesta que, advierto, puede ser extrema para las que se autodenominan las buenas conciencias de este país. El esquema puede parecer radical porque contempla una apertura muy amplia del sector, pero no se confundan, apertura no implica renunciar a una verdadera rectoría económica del Estado mexicano, al contrario, aunque sí requiere cambios constitucionales.

A los mexicanos se nos ha vendido desde la infancia la idea de que el petróleo es de todos los mexicanos; con todo respeto, me parece que en la práctica esto no aplica porque hasta ahora no he recibido un solo dividendo por la parte que supuestamente me corresponde de la renta petrolera, como los habitantes de Alaska, que reciben todos los años el llamado Permanent Fund Dividend; ni soy beneficiario de un fondo soberano, como en Noruega. Muchos me dirán que pago menos impuestos de lo que debería, pero si comparo mi pago anual de impuestos con los bienes públicos que recibo, estoy lejos de estar satisfecho.

Refrendemos entonces el compromiso y hagamos realidad la premisa de que el petróleo es de todos los mexicanos, no de unos cuantos.

Entonces, la tarea es encontrar la forma de maximizar nuestra riqueza compartida. Para lograrlo es condición necesaria despojarnos de ataduras ideológicas, tabúes, mitos e incluso juicios históricos: debemos utilizar argumentos racionales y datos duros, pero, sobre todo, ver hacia el futuro, no hacia el pasado.

Debemos estudiar otros modelos, pero no copiar ciegamente lo que sucede en otras latitudes: se debe diseñar el esquema de industria que mejor satisfaga nuestros intereses, no a la historia patria, porque el México del siglo XXI nada tiene que ver con el México heroico de 1936: aunque parezca inverosímil, nuestra economía y la global son mucho más sofisticadas y en este difícil contexto debemos cuidar el interés colectivo.

Debemos comprender también que el petróleo es sólo un recurso económico: no es un bien político ni social; no representa nuestra soberanía ni es más importante que otras formas de riqueza, como la humana o nuestra ecología. Si quitamos el velo místico a nuestro petróleo, nos resultará más fácil conducir un análisis racional, no emotivo, del tema, para beneficio de todos.

Otra premisa importante que debemos contemplar es que la industria y los hogares requieren para subsistir bienes energéticos a precios y condiciones competitivas que hoy no están disponibles, sobre todo, para nuestras empresas. Sería entonces fundamental tener competencia en cada eslabón de la cadena, en la medida de lo económicamente posible: exploración, explotación, almacenamiento, distribución, refinación, petroquímica básica y secundaria, así como en la comercialización de estos bienes y el desarrollo de nuevas tecnologías y la promoción de energías renovables.

La competencia nos trae el beneficio adicional de la diversificación, para inversionistas y trabajadores de la industria, además de que si una empresa quiebra, no representará mayor riesgo para nuestra economía y el Estado no tendrá que salir en rescate de ningún participante y precisamente eso debemos exigir.

Las empresas participantes deben ofrecer al Estado, es decir, a todos nosotros, las mejores condiciones de precio extraído por barril (el más alto posible) y calidad global y precio (el más bajo) en los productos finales que vamos a consumir.

Héctor O. Romero es director general de Signum Research.